VERTEDERO NO

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viernes, 10 de diciembre de 2010

El Crisol - 7

SOY UN GAUCHO EN UNA ESTANCIA DE LA PAMPA

Mi nombre es Miguel y soy gaucho. Desde bien pequeño me formé en las artes ganaderas y agrícolas. Mi padre me hacía partícipe de cualquier actividad que en la quinta hubiera, él era el capataz y por tal disponíamos de algún privilegio con los dueños. Sus hijos eran mis únicos amigos de pequeño, jugábamos, comíamos y a veces estudiábamos juntos. Pero al mínimo gesto o voz de mi padre subía al caballo y le acompañaba por la finca, pendiente de las reses y del resto de trabajadores.

Mis amigos no lo entendían y acabaron por dejar de venir. Eso me hizo curtirme como hombre antes que otros, además de que me proporcionó una destreza grande con los caballos, en su doma y manejo, y de su actuación con el ganado. Hoy ya no existe la hacienda y el trabajo y la casa se fue con ella. La compraron unos americanos, jugadores de básket. Vienen poco, me han dicho.

El caso es que trabajo en la actualidad en un rancho donde se hace un show par los visitantes extranjeros. Yo hago las acrobacias sobre el caballo y demuestro mi dominio sobre el animal sin pronunciar el mínimo sonido. La gente aplaude a rabiar cuando acabo mi cometido con el caballo árabe. En la Hacienda, a la llegada les obsequiamos con empanadas y embutidos asados. Mi mujer les muestra aperos agrícolas y antiguas dependencias de la casa principal de la finca.

Sin temor a equivocarme puedo decir que me llevo bastante mejor con los caballos que con las personas. Los muchos años de juventud en soledad me curtieron a la hora de observar como los hombres de la finca, los gauchos, recibían la vida; mucho trabajo, duro cuando era necesario y muy relajado tras la época de las lluvias, cuando el verde pasto abundante hacía que las reses no se movieran mucho de su área alimentaria.

De los gauchos aprendí a cantar y hoy tengo mi pequeño espacio en el escenario con una par de canciones argentinas. Dicen que canto como los ángeles. Día tras día veo como caen lágrimas por las mejillas que acabando de comer su último trozo de asado o churrasco, prestan atención a la letra de la canción que quiero transmitir.

Estoy enseñando a unos jóvenes a manejar las boleadoras, y dicen de incorporarlas al espectáculo… Aunque soy bueno, yo no nací para esto, sino para ser centauro. Hombre y caballo en casa es una relación diaria.

Un conductor de rickshaw

Mi nombre es Kamali y trabajo a sueldo transportando viajeros por las calles de Bombay.
Hace algunos días cientos de conductores de “rickshaws” se enfrentaron con policías durante una manifestación. Los conductores de los tradicionales carritos de tracción humana protestábamos por la decisión de prohibirnos trabajar como taxis, después de las quejas de conductores de taxis motorizados. Las autoridades quieren que los 'rickshaws' sólo se utilicen para el transporte de bienes y no de personas.

Esta circunstancia me tiene confundido y no puedo pegar ojo por las noches, pues mi familia depende enteramente de las rupias que diariamente puedo aportar.

Tengo clientes fieles entre familias ricas, que mientras les espero en los patios de sus casas me permiten visitar el templo privado.

Diariamente acerco ofrendas de todo tipo a Visnú y a Ganesh, pidiendo que este conflict0 acabe bien para todos nosotros. Tengo 17 años y estoy bastante fuerte, un prometedor futuro me espera ahora que he conseguido que mi jefe me tenga en consideración.

En unos años podré comprar mi propio rickshaw y decorarlo a mi gusto, y ponerle luces de colores para circular por la noche, y una campanilla para avisar a motos y demás.

Hoy apenas he comido pues llovía y muchos clientes reclamaban mis servicios, y el dinero, como la lluvia venía caído del cielo. El pago de algunos de estos viajes extra, mi patrón me permite quedármelo para mí.

Camarero del Hotel Baron

Mi nombre es Yussuf, llevo trabajando hace décadas en el emblemático hotel Baron. El hotel se halla en el corazón de la ciudad de Aleppo. A un ciento por ciento los clientes que frecuentan nuestro hotel son extranjeros. Ningún sirio duerme nunca acá. Aunque algunas de las celebraciones familiares locales se suelen realizar en nuestro restaurante.

Nuestro centenario hotel ha sufrido muy pocas reformas desde su construcción, no es que sea el mejor, ni el peor, es Baron, donde se alojara habitualmente Lawrence de Arabia, que dejó una cuenta pendiente de pagar que exhibimos en un cuadro del salón principal; también entre nuestros célebres huéspedes se encuentra Agatha Christie, Roosevelt, Ataturk, etc.

El hotel huele y nos habla de una época de esplendor muy pasada. El actual estado del hotel parece destartalado y sucio, pero ésa es nuestra intención. Con 60 dólares puede dormir y desayunar en una amplia, vieja y sin lujos habitación doble. A veces tenemos agua caliente. Es una excéntrica combinación de negligencia y de indiferencia…

Pero el sabor del lugar es lo que a mí me da orgullo y me agrada. El hablar casi diariamente con gente venida de fuera que gusta de ver la tapicería de piel raída de nuestros sillones y sofás , las telarañas en las lámparas, la luz a una intensidad desconocida de baja, nuestro bar con publicidad de la primera mitad del S. XX, nuestros rituales a la hora de servir un Gin Tonic, sin prisas..

Me gusta ver a los turistas leer o escribir al acabar su jornada de visitas en la segunda ciudad del país. Y me encanta explayarme explicando anécdotas históricas cuando algún alma se lo merece. Tengo doce hijos y continúo a diario mi trabajo. Hace dos días que no hemos servido cenas ni almuerzos, pero la caja del bar nos da para tirar adelante y que el jefe siga sin cambiar la tendencia. No hay nada nuevo que esperar. Aquí lo antiguo, lo viejo es la moda.

Guía correo:

Mi nombre es Jehad y acompaño grupos turísticos por Siria. Cada noche duermo fuera de casa por mi trabajo. No soy musulmán si no druso y provengo de una familia de emigrantes. Hablo castellano e inglés y no me falta el trabajo excepto en invierno, cuando pocos turistas visitan nuestro país.

Mientras muestro Damasco a los visitantes, puedo por la noche ir a casa, pues vivo en una población cercana, de mayoría drusa. Tengo tres hijos varones y la vida me sonríe. Me cultivo cada día para dominar más los idiomas de los turistas. Me empleo en que se lleven un buen concepto de mi gran país. Domino la historia al dedillo y me precio por ser de los pocos guías que conocen cada uno de los elementos que componen nuestros Museos. Esto me obliga a estudiar a menudo y profundizar más en las culturas de estas civilizaciones muertas, que componen el crisol de las pioneras gentes y tradiciones sirias.

Les muestro desde el sur en la frontera con Jordania, como el oeste frontera con Líbano, el norte frontera con Turquía y el desierto en el este con los hermanos de Irak. Al salir de la capital con los autocares es cuando mi trabajo cobra relevancia. Pocos compatriotas míos hablan inglés, ni mucho menos español, por lo que sólo para hacer de traductor soy imprescindible a todos, vendedores, turistas, camareros, etc.

Me cuido de enseñar cada detalle que las guías de viaje no enseñan. Soy respetado en muchos restaurantes, hoteles, bazares, monumentos, mercados, etc; porque una indicación mía conlleva que mucho dinero se mueva, en todas direcciones. Conozco los mejores lugares para ver las puestas de sol, dónde tomar el mejor té de menta fumando una buena cachimba de frutas, donde sacar las mejores fotos, donde comer mejor y más barato.

Me gusta mi trabajo, conozco cantidad de personas de todo tipo y condición, mi moralidad se ve constantemente atacada al contacto con los occidentales, cuyo orden de prioridades vitales es cuerpo y después espíritu, al contrario que en mi país ocurre. No ceso de aprender cada día. Muchas mujeres occidentales me invitan a ir a su país, pero ni mi familia, ni mis amigos, ni mucho menos mi esposa, puede imaginar esto. No lo aceptarían.
 
VPB

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